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Víctor Hugo Galván Sánchez

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L.F. Víctor Hugo Galván Sánchez

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Discurso pronunciado por Fernando Savater al recibir 

el Doctor Honoris Causa por la UASLP


                   

                                              


12 de febrero del 2010.


 

Estimado rector, apreciables autoridades académicas y civiles, queridos colegas, queridas amigas, queridos amigos:

En primer lugar, tendría que hacer una larguísima y muy sincera lista de agradecimientos a todas las personas que han propiciado este momento, en que tan amable y exageradamente han insistido en conferirme este honor, uno más de los muchos que he recibido en un lugar tan generoso como es México.


Sólo puedo decir que mi fidelidad y mi amistad con México lleva más de 30 años; que he conocido a su gente, sus tierras, sus centros de estudio, también sus tequilas —desde luego— y que verdaderamente para mí, sin exageración, es una segunda patria. Yo me he movido bastante por el mundo, más de lo que yo hubiera querido porque soy una persona muy sedentaria; conozco muchos lugares, algunos son bellos, otros sugestivos e interesantes, pero este país tiene un lugar muy especial en mi corazón y es una tierra con la que tengo una relación especial.


Por lo demás, este premio, este honor que se me da, honor académico enormemente estimable, es tal vez un error muy generoso, podríamos decirlo. Mis meritos académicos no son grandes, yo siempre me he tenido por una persona sin importancia que se ha dedicado a temas importantes que están ahí al alcance de todos, pero muchas veces no sabemos verlas.


La filosofía no es más que una meditación sobre esa extrañeza de ser humanos, de tener que padecer, vivir, gozar, compartir en un mundo que no hemos inventado, pero que tenemos que intentar comprender y mejorar. Schopenhauer, uno de los filósofos que primero leí, y que más he leído, dice que nuestra vida es como una función teatral, nosotros estamos aquí esperando en las bambalinas del teatro, hay una representación en el escenario y que nosotros apenas entendemos algo, porque acabamos de llegar y no sabemos cuáles son los personajes, y cuál es la trama. De pronto alguien nos da un empujón y nos encontramos en el escenario, tenemos qué responder, qué contestar, qué participar en esa trama, intentamos decir algún monólogo improvisado en ese momento, y antes de que nos enteremos de cómo acaba la obra, y de qué manera van a ocurrir las cosas, quiénes son los buenos, y los malos, tenemos que salir y abandonamos el escenario.


En buena medida esto responde bastante a lo que yo creo que es la vida, y en ese tránsito la filosofía es acompañarnos en esa perplejidad, en ese tránsito, por este escenario del que apenas nos da tiempo para entenderlo, mas necesitamos estar junto con los demás y considerar a los otros como unos cómplices.


Hegel dijo: “pensar la vida, esa es la tarea…”. Pensar la vida, es decir, más o menos todos sabemos cosas de la vida: cómo hay que nutrirse, cómo reproducirse, pensamos en las ambiciones, y conocemos los mecanismos de la vida, pero qué concluir de todo eso que nos ha tocado vivir: ser ese tipo de humanos, estar alojados en el tiempo, en el espacio, en el mundo, en la compañía de los otros, en las pasiones. Todos tendemos a pensar que nuestra época es particularmente mala. Hay unas líneas en el prólogo de los cuentos de Borges, en que hablando de un antepasado suyo, dice: “le tocaron como a todos los hombres, malos tiempos de vivir”. Esto es efectivamente algo que podemos decir.


Hoy, cuando estábamos con el Rector recorriendo está preciosa ciudad y viendo muchas cosas interesantes, hemos entrado en la biblioteca; entonces me han enseñado un ejemplar de una serie de números de un periódico, El Estandarte de 1850 o 1860, y al abrirlo, en el primer párrafo, dice algo así como “todos estamos de acuerdo que estos tiempos que vivimos son de una inmoralidad desenfrenada como no se haya visto jamás”, y dije yo: hombre, esto me suena…esto es una convicción eterna. 


En el primer texto escrito que se ha descifrado, que dicen los expertos que es el primero, se encontró en una tumba egipcia, unos 2 mil 500 años antes de Cristo, en la tumba yace algún funcionario, algún personaje importante de la corte del faraón; el escrito suele llamarse tradicionalmente La canción del desesperado, que en realidad no es una canción, es algo así como un testamento, entonces en ese testamento, este funcionario, este personaje egipcio dice: vivimos unos tiempos de especial corrupción, los militares son prepotentes, los comerciantes engañan a los clientes, las mujeres se burlan de sus maridos, los hijos no respetan a los padres, ya esto no puede durar mucho más, y eran 2 mil 500 años antes de Cristo.


Entonces más vale decir que no lo tomemos con excesiva angustia porque se ve que la cosa viene de lejos. De todas formas esta reflexión sobre la incomodidad del mundo, es el tema de nuestros pensamientos. Si el mundo fuera perfecto, grato, todo funcionara bien, los hombres no nos muriéramos, ni envejeciéramos, y no pensaríamos tampoco. Entre los dioses griegos no hay pensadores, son dioses que no se comportan, y eso ha indignado a muchos de nuestros padres cristianos cuando los estudiaban porque veían que eran dioses inmorales, arrogantes, absurdos, porque se comportaban en el fondo como niños, su comportamiento caprichoso, fatuo, sexual, es casi como el de un infante malcriado, pero es claro que ellos son inmortales. Entonces, para qué pensar si uno no va a morir, para qué cuidar a los demás si los demás tampoco van a morir, si no somos vulnerables.


Es nuestra vulnerabilidad la que hace que reflexionemos, es la vulnerabilidad de los demás lo que hace que tengamos que proponernos conductas que no les hieran, que no les lesionen. Entonces precisamente porque las cosas van mal pensamos: por qué no son como nosotros quisiéramos, nos planteamos un mundo como problema, si el mundo hubiera respondido a algún ideal de percepción seguro que no estaríamos aquí reunidos en este momento.


La filosofía entonces ha sido siempre ese esfuerzo no por salir de dudas, sino por entrar en dudas, lo cual claro va en contra de los gustos de nuestra época. Nosotros hablamos de una sociedad de consumo, pero nuestra sociedad no sólo es el consumo en cuanto a los objetos, también es en cuanto a las ideas, hay una impaciencia, la gente lo que quiere es que se le den soluciones prefabricadas ya, incluso que se le den las respuestas a preguntas que nunca se han hecho, que se le den cosas objetivas, portátiles, que uno pueda llevarse a casa y decir “ya lo tengo aquí”. 


Claro, la filosofía más bien lo que hace es crear dudas, crear inquietudes,  crear preguntas que no pueden ser respondidas del todo. Nosotros fundamentalmente pasamos la vida haciendo las preguntas por cuestiones prácticas, por ejemplo qué hora es, porque queremos tomar un avión o acudir a una cita amorosa o ver un programa en televisión. Entonces, queremos saber qué hora es, no porque en sí mismo eso nos interese, sino porque es un medio para otra cosa porque es lo que realmente pensamos que queremos. Una vez que alguien nos dice son las seis, seis y media, las siete o la hora que sea, esa pregunta deja de interesarnos, inmediatamente cancela la respuesta, inmediatamente pasamos a la pregunta y a lo que de verdad queremos: nuestra cita, el avión, el programa de televisión, lo que sea.


La mayoría de las preguntas que nos hacemos son así, las respuestas las cancelan, e incluso las preguntas científicas suelen ser igual, es decir, yo me pregunto qué es el agua, y estoy agobiado hasta que sé que es hidrógeno y oxígeno en una proporción determinada y, ya está. A partir de eso sabré a qué temperatura hierve, a qué temperatura se congela, y se acabó. La pregunta deja de inquietarme e interesan otras cosas que derivan de esa pregunta  y que van con otros procedimientos naturales, pero esas respuestas cancelan las preguntas, acaban con ellas, se acabó y con eso ya nos quedamos contentos, nos hemos quitado una pregunta de encima.


Hay otras cuestiones que no se pueden cancelar, si en vez de preguntar qué hora es, yo indago qué es el tiempo, esa pregunta es in-cancelable, puede haber repuestas y hay repuestas; hubo respuestas de Aristóteles, de San Agustín, de Einstein, de tantos otros, pero ninguna cancela instintivamente la pregunta; las respuestas nos ayudan a convivir con esas interrogantes, sobre qué es el tiempo, qué es la muerte, qué es la justicia, qué es la libertad, qué es la naturaleza, qué es la belleza, que no están encaminadas a nada que nosotros vayamos a hacer, sino a algo que nosotros somos.


Nos preguntamos esas cosas para saber qué somos, qué vamos a hacer o qué podemos hacer a continuación, y por lo tanto, nos van a seguir acompañando siempre, eso es de alguna forma lo urgente y lo insatisfactorio que puede tener la filosofía.


Uno de los grandes historiadores de las ideas, Isaiah Berlín discípulo de Liebehenschel, había iniciado una gran carrera como filósofo y profesor de filosofía y la abandonó, se dedicó a la historia, la historia sobre todo de las ideas, a estudiar a Maquiavelo, en fin, a hacer una visión historiográfica de las cosas, y alguien le preguntó: ¿por qué dejó usted la filosofía?, ¿por qué dejó atrás la filosofía?, les dijo Berlín: porque yo quiero estudiar algo que sepa más al final del estudio que al comienzo.


Y es verdad, en la filosofía siempre uno tiene la molesta sensación de que por muchos autores que conozcas, por muchas vueltas que le habías dado a las cosas, en último término saber lo que se dice saber, no sabes más al final que al principio; eso sí, tienes una serie de comentarios a tu ignorancia más ricos de los que tenías antes.


En esta época de consumo, todo lo que queremos es tener inmediatamente algo qué agarrar, algo a qué aferrarnos, saber a qué carta quedarnos. Un poeta español que estuvo mucho tiempo hacinado en México en la época del presidente Lázaro Cárdenas, José Bergamín, tenía aforismos irónicos muy divertidos, y otros de un humor negro, uno de ellos dice: “que más te da no saber a qué carta quedarte si después de todo no te vas a quedar”. Bueno, pues esa es una observación que podemos hacernos respecto a nuestra vida, pero todos queremos saber a qué carta quedarnos.


La filosofía lo que crea es el arte de vivir en la inquietud, de vivir en la pregunta, de mantener la vida siempre en el asombro, en lo ignoto, de que el hecho de vivir nos sorprenda cada día. La filosofía es una especie de falta de sosiego permanente que hace que la vida sea más interesante y mucho menos plácida y rutinaria.

Y no olvidemos que precisamente la filosofía es lo que nace junto con la democracia, en el mismo momento y en el mismo lugar, y en cierta forma es semejante a la democracia; la democracia es un desasosiego político, y la filosofía es un desasosiego intelectual, y en ambos casos los seres humanos se ven urgidos a estar permanentemente buscando respuestas. Ni uno puede decir a la democracia que funcione con piloto automático, y a mí que me dejen de preguntar; no se puede decir ya está, ya sé todo lo que puedo saber de las preguntas filosóficas y ahora puedo abandonarlas; ni un filosofo ni un demócrata pueden dejar sus tareas que son infinitas, que son lacerantes, pero que de alguna manera le llenan de intensidad humana, la misma que llevó a Sócrates frente a sus jueces en Atenas. En la apología, cuando hace su discurso de defensa, dice: yo creo que una vida sin examen no merece la pena de ser vivida; es decir, esa vida, esa reflexión, no van a resolver nuestras dudas, pero si no tenemos esas dudas, la vida se convertirá en algo zoológico, no en algo biográfico. Quien quiere tener biografía debe reflexionar sobre su vida, los demás tendrán que conformarse con la pura zoología. 


Muchas veces le preguntan a uno qué es un filósofo, y después de mucho darle vueltas he llegado a la conclusión que la única repuesta que me satisface es: filósofo es quien trata a los demás como si fueran filósofos también; es decir, quien se dirige a la parte intelectual de los demás, quien trata de despertar la complicidad intelectual de los otros, no quien trata de hipnotizarlos, o de seducirlos, de intimidarlos, sino de que le ayuden a pensar el mundo. Eso es lo que hacía Sócrates.


Lo desconcertante de la figura de Sócrates es que era un señor que iba por la calle preguntando a la gente lo que a él le interesaba, pero convencido que a los demás también. Y es cierto que los temas de la filosofía importan a todo mundo, en cambio lo que no les interesa es la filosofía; tú hablas con los jóvenes, y yo me he pasado 40 años haciéndolo, y nunca he encontrado que no les interesen los temas de la verdad, la muerte, la naturaleza, la belleza, la libertad, la justicia, siempre eso les gusta, pero cuando les dices, pues hay un filósofo que habla de eso, entonces ya no les importa; por eso he titulado mi último libro La historia de la filosofía sin temor ni temblor, sobre todo quiero decir que no hay que temblar.

A los filósofos les pasaba igual que a nosotros: estaban haciéndose preguntas, intentando reunir respuestas, a veces creían que habían resuelto algo que inmediatamente volvían a replantearse en la generación siguiente.

Yo no soy filósofo, soy simplemente un profesor, que se ha dedicado a dar clases de filosofía; el mundo está lleno de genios, faltan maestros, pero yo he querido ser maestro, para despertar el interés por la filosofía; es decir, que toda esa gente que se interesa por los temas de la filosofía acepte que los filósofos y pensadores son lo que le interesa, no para sustituir su propio pensamiento, nadie puede pensar por otro, es decir, nadie puede hacer el amor por otro, nadie puede respirar por otro, nadie puede pensar por otro, o sea aunque todos pensemos igual cada uno tiene que pensar por sí mismo.


Pero ese camino intelectual lo tiene que recorrer cada cual a partir de la enorme riqueza que nos da la tradición filosófica y la sabiduría de occidente;  eso es lo que yo he intentado acercar a los jóvenes, porque son ellos los que de alguna manera deben continuar con esta búsqueda.

Parece que algunos de mis libros han tenido aceptación, han interesado a gente que no leía nada, eso es absurdo en mis libros y eso es lo que más me satisface, me encanta saber que no han caído totalmente en saco roto y que muchos se han reconocido en ellos y que les han sido útiles; hay gente, y es el homenaje que más agradezco, que de vez en cuando me dice: Mira, leí tu libro tal y a partir de eso encontré a este otro autor o ese otro ejemplar, nunca he escrito libros que fueran puntos de llegada para decir “ya lo sé todo”, sino puntos de partida, y en ese sentido, como todas las escaleras tienen un primer peldaño, he querido proporcionar ese primer peldaño porque muchas veces los profesores con una cierta pedantería quieren que los alumnos partan ya de lo alto de la escalera, en vez de ayudarles ellos a llegar hasta arriba; eso es lo que yo he hecho, valga lo que valga, y supongo que por eso, con una exagerada generosidad, me han concedido este Doctorado Honoris Causa, en una ciudad y en una universidad que lleva el nombre de San Luis, San Luis rey de Francia.


Su fecha de conmemoración en el año es el 21 de junio, el día que yo nací, yo me llamó Fernando María Luis y tengo también un Luis en mi nombre. San Luis fue un rey que gobernó a pesar de que murió con cincuenta y poco años, gobernó más de 20 en Francia y llevó a cabo una serie de reformas y cosas muy importantes y finalmente de una manera arriesgada y generosa se embarcó en una de las últimas cruzadas que como tantas otras fracasó.


Con su ejército pasó África y cuando estaba ahí en Argelia, en el desierto tirado por los enemigos, por las fiebres y el agua, ahí murió San Luis sin haber llegado a liberar el santo sepulcro de Jerusalén y todo eso, y, en esa agonía en medio del desierto con sus soldados desperdigados y hostigados por los adversarios, dicen que sus últimas palabras fueron referidas a uno de sus lugartenientes: “llegaremos a Jerusalén”.


Bueno, yo toda mi vida he tratado también de ser un poco fiel a esa especie de absurda y casi desconcertante esperanza que lleva uno incluso en la agonía, incluso en los peores momentos pensemos que después de todo aún quedan fuerzas para cumplir lo que más deseamos, y eso es lo que yo he tratado de también de transmitir a quienes me leen, no puedo transmitirles quizá grandes conocimientos porque no los tengo, pero he intentado transmitir aliento.


Me gustaría que quien me leyese se sintiera alentado, que descubriera en mi obra motivos para seguir adelante, para seguir esforzándose, para seguir luchando, para seguir avanzando, y así podré decir: ¡hacia Jerusalén!


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